Dar voz

Por: Ana Sánchez-Ortega

Hay una frase que me taladra constantemente la cabeza: “Que el privilegio no te nuble la empatía”. Creo que de ahí es de donde debemos partir el recorrido para corregir las injusticias que se derivan de querer no solo mantener, sino imponer ese privilegio.

 

Es curioso, pero duele aceptar que se es privilegiado. He tenido la suerte de no carecer de nada gracias a que mis padres salieron adelante a través de sus esfuerzos. Soy blanca, de origen latino, pero blanca para efectos de pasar por perfiles de seguridad. Tengo mis tres comidas diarias garantizadas, un techo sobre mi cabeza, he podido garantizar la educación de mis hijos. Mis temores están vinculados más a perder mi posición que a ganarla. No por ello he dejado de ver el mundo y sus injusticias.

 

La principal razón que me lleva a no querer que el mundo se mantenga como está es mi papá. Si el mundo no cambiara, si el mundo siempre fuera el mismo y sólo quienes tienen pudieran tener yo no tendría nada. Mi papá nació en condiciones económicas complicadas. Mi abuela quedó viuda muy joven con cuatro hijos pequeños y una única entrada de dinero para mantenerlos. Ella vendía boletos de tren en la estación de La Esperanza, en Cundinamarca, e hizo con lo poco que tenía lo que pudo. Mi papá de niño trabajó como “gato” cazando ratas en un cultivo de maíz en la finca que muchos años después terminó comprando, se pagó su carrera de abogado siendo mesero del hotel Tequendama en Bogotá, y siempre encontró el camino para salir adelante sin dejar atrás a quienes lo acompañaron en su travesía. No puedo estar más orgullosa de él, y lo último que haría es negar su recorrido, porque ese recorrido lo forjó a él y me permitió ser quien soy. Me enorgullece que mis apellidos no sean de la nobleza de los títulos sino de la nobleza del trabajo.  Soy la hija de un campesino.

Hoy el mundo está en crisis y creo que eso está bien. Jane Elliott, activista antirracismo, pregunta si cómo persona blanca estaría feliz de recibir el mismo trato que recibe un ciudadano negro. Mi respuesta indudable es no y como ella dice eso significa que yo sé lo que está pasando, no quiero que me pase a mi y me invita a pensar por qué estaría dispuesta a dejar que les pase a otros.

No, no me gustaría vivir las condiciones que tienen que soportar los negros, ni los indígenas, ni los lideres sociales en América Latina, ni los inmigrantes pobres en Europa y tampoco estoy dispuesta a seguir mirando hacia otro lado porque es más cómodo cerrar la boca y continuar disfrutando de mi maravilloso paraíso.

 

¿Qué puedo hacer? Desde el oficio que escogí, el de escritora, tengo la posibilidad de prestar mi mirada, tengo la oportunidad de ayudar a otros a ver distintas perspectivas. No porque yo tenga la certeza de la verdad, porque no la tengo y ojalá jamás me sienta dueña de ella, sino porque mi talento está en poder mostrar los grises. Ver los extremos, esas posiciones que ven todo en blanco o negro, es muy fácil porque están llenas de certezas, no verdades, que interrumpen la comunicación. Mi propósito es mostrar todos los ángulos y ayudar a construir soluciones de convivencia desde una mirada más compasiva, más empática, más ecuánime. No porque yo crea algo significa que es la única verdad.

Experiencias comunales en situaciones excepcionales.

Lo que nos une.

La vida nos trae momentos que podrían aislarnos como sociedad, pero los seres humanos encontramos caminos para potenciar esa capacidad de ser más como comunidad. 

A lo largo de mi vida he sentido cimbronazos que me han cambiado la vida. Por lo menos tres ocasiones he sentido esos movimientos gigantes dentro de la sociedad en la que vivo. 

Cuando no tendría más de diez años fue la primera vez en que las luces se apagaron en Bogotá más temprano de lo normal. No porque los adultos ordenaran que nos fuéramos a la cama, sino porque las reservas de las hidroeléctricas estaban muy bajas. Durante ese primer apagón programado, Manolo Bellón hizo un especial sobre Los Beattles. Años después me enteré lo escuché todas las noches con Gary, mi marido; cada uno desde su casa e infancia. No recuerdo que sentía en la oscuridad, pero recuerdo que la voz de Manolo me iluminaba las noches y me inició en la música. 

 

 

En 1992 volvimos a vivir la reducción de las reservas de agua para generación eléctrica por cuenta del fenómeno del niño. El gobierno nos cambió la hora, por lo que las clases de siete en realidad eran a las seis de la mañana y recuerdo con frío a los niños pequeños saliendo para el colegio en medio de la noche.  Con este apagón llegó La Luciérnaga, un programa de radio que aún existe en Colombia, y con ella millones de colombianos nos reímos de la política y la realidad del país en medio de las cuatro horas de oscuridad. Recuerdo salir corriendo de mi casa para alcanzar a subir en ascensor a la casa de mis papás y sentarnos alrededor del radio compartiendo la experiencia día tras día. No era lo mismo oírla en cada casa, lo emocionante era estar con otros y reírnos juntos.

Este 2020, que tantos  aprendizajes nos ha dado, nos trajo el distanciamiento social, pero los seres humanos que somos tan creativos hemos encontrado mil maneras de reunirnos y seguir siendo estos entes sociales que somos: conciertos, visitas virtuales, circo y opera a la carta. Por mi parte, cada mañana tengo meditación con tres amigas del que salgo recargada, en particular por la conversación que sana, y me ha hecho valorar los hilos con los que la amistad nos une; de cuando en cuando cocino a distancia con otra amiga y el día menos pensado clasificaremos para masterchef, pero hay un evento más colectivo que me ha llenado el alma y en la distancia me ha hecho sentir como si estuviera en Colombia. Cada noche a las 9 p.m. de allá, 4 a.m. de Barcelona hay una lectura en voz alta de mi libro favorito: Historia oficial del amor. La lectura la han hecho actores y amigos del autor que le han regalado un pedazo de su alma a la lectura… Es un libro que merece la pena ser leído en voz alta, con esa sensación de regresar a la infancia cuando nuestros padres nos contaban un cuento, porque es la historia de los amores que se viven en una vida… el amor de la familia de la que venimos y  de la que elegimos entrelazada con la historia de un país.  

¿Por qué son hitos estos casos? Porque nos devuelven a la narración originaria de las historias en donde el grupo se reunía alrededor de la hoguera para compartir sus historias. Y es a través de momentos como estos en que nos recordamos que en el fondo somos uno. 

 

Mi personaje favorito de Agatha Christie: James Sheppard

Mi personaje favorito de Agatha Christie:

James Sheppard

Agatha Christie tiene mil y un personajes para coleccionar empezando por Hercules Poirot y miss Marple y sin embargo este siempre será uno de los que más me emociona por la calidad de su construcción. 

SPOILER ALERT!!! Siendo una historia policiaca te recomiendo que leas primero el libro o te enterarás de datos que no quieres conocer antes de tiempo. 

James Sheppard es un narrador testigo, lo cual es normal en una novela policiaca tradicional porque permite que veamos el proceso del detective sin estar en su cabeza. ¿por qué es eso bueno? básicamente porque si estuviéramos en la cabeza veríamos todo su proceso de pensamiento, la forma en que registra las pruebas y saca las conclusiones de modo que mucho antes de lo que el autor querría sabríamos quién es el asesino. Y si estando dentro de la cabeza del detective, es decir narrando en primera persona, sería muy fácil caer en la pérdida de credibilidad frente al narrador porque sentiríamos que nos está ocultando información. Básicamente es la mejor estrategia para que haya una adecuada complicidad entre el lector y el autor. 

El mejor ejemplo de narrador testigo en novela policiaca es el doctor Watson de Sherlock Holmes. 

Tenemos a un detective que excede, por mucho, las capacidades deductivas de cualquier mortal y si estuviéramos en una versión en primera persona sería mucho más fuerte el impacto, pero podrían pasar dos cosas: que odiemos al insufrible sabe lo todo o que al intentar mostrar su proceso nos veamos superados por el mismo. Al poner a un tercero entre nosotros y el protagonista Arthur Conan Doyle logró varios elementos: incrementar el suspenso en la acción, hacernos admirar al detective, filtrarnos sus excentricidades y ayudarnos a empatizar con Sherlock.

El asesinato de Roger Ackroyd es narrado por el doctor Sheppard, un médico rural de comienzos del siglo XX que vive con su hermana Caroline y, que debido a su condición de médico y a que su hermana es la agencia de inteligencia de King’s Abbot, está al tanto de todo lo que sucede en el lugar.  Todo comienza con un posible suicidio por sobredosis de somníferos y se continua con el asesinato del potentado Roger Ackroyd la siguiente noche. Para desgracia del asesino, Hercules Poirot, el más famoso detective privado, se ha retirado recientemente a este pueblo  a sembrar calabacines y eso acaba con su crimen perfecto. 

El doctor Sheppard es un personaje muy bien construido porque desde el inicio nos muestra quién es él, sus virtudes y sus defectos. 

Agatha Christie desarrolla con detalles significativos la relación con su hermana Caroline, al comienzo de la historia es potente el hecho de que él se demore en el rellano de la entrada y luego que su hermana le cuente, sin salir de casa, todo lo que el sabe lo que lo induce a negar sus certezas solo para robarle por un instante que tenga la razón. 

La narración que hace el doctor es potente no solo por el nivel de detalles que nos permite observar las pruebas sino por las cosas, que él mismo nos cuenta, que dejaba en la sombra. 

Si quieres más información te invito a que escuches el segundo episodio del Podcast en el siguiente link: 

Escucha «James Sheppard» en Spreaker.